sábado, 23 de abril de 2011

Una antigua calle de agua; Corregidora.





Caminando por la calle de Corregidora bajo el cielo gris, tras una ardua mañana de ir sorteando al juguetón y quemante sol que se cierne ya sobre el Distrito Federal, y que en esta temporada de lluvias solo desaparece para cederle su sitio a un escuadrón de nubes; una pequeña mujer me salió al paso. Iba ella presurosa, seguida de tres chicos bulliciosos que en hilera, conformaban una corta y desordenada procesión. Si fuera veintiocho del mes, hubiera tomado por cierto que se dirigían devotamente a visitar y rendirle homenaje a San Judas Tadeo en el Santuario de San Hipólito, pues cada uno portaba entre sus manos un ramillete…


 

Más el refrescante golpe de unas gotas de lluvia sobre el rostro me extrajo abruptamente de aquel trance de observación para devolverme a la palpable realidad de unas condiciones meteorológicas que me forzaban a actuar en consecuencia. Hacía falta evitar ser presa de la tormenta que amenazaba con dejarse sentir de un momento a otro. Aquella calle que corre al costado sur de Palacio Nacional era ya un río de gente en movimiento. El viento borraba cualquier sofoco vespertino y parecía acompañar los pasos urgidos. Comerciantes recogiendo sus mercancías; algunos intentando aprovechar hasta el último minuto para encontrar al cliente anhelado. Compradores incansables con las manos repletas. A sus pies y sin que nadie se detenga a observarlo, el arroyo vehicular va exhibiendo de tramo en tramo unos círculos dorados, cada uno con una inscripción donde puede leerse: “Acequia Real”. La llovizna deja de importar. Aquellas marcas no hacían sino hacerme recordar el por qué de aquellos muretes junto a las aceras a desnivel, que sirven de descanso a los viandantes. Aún recuerdo aquella callejuela semi-hundida, herencia de una de tantas “Calles de Agua”, como hubiera en la antigua ciudad. Aquella heredada del pueblo mexica y planificada por decisión de Cortés en un islote que se unía a tierra por tres grandes calzadas. Los hombres de Cortés vieron entonces y heredaron una ciudad cruzada por caminos; de tierra, de agua y aquellos que conjugaban ambos tipos; con "una acequia o grueso caño de agua en el centro, y los tránsitos de terreno firme a los lados". Una ciudad muchas veces comparada con Venecia por su entorno lacustre...



El tráfico me empuja a ponerme en marcha de nuevo en respuesta al movimiento; abriendo los ojos a todo aquello que rodea mi paso y que provoca entrar en sincronía con el ambiente. Así, me uno a la muchedumbre que alegremente me acompaña en mi decisión de optar por el metro como medio de transporte y es justo ahí donde vuelvo a encontrarme con aquella mujer pequeña de enormes ojos risueños. Los niños seguían tras de ella. Todos, aún con los ramilletes de flores entre las manos, en una fiesta de formas y color. No pude evitar entrar al mismo vagón y fue entonces que pude verlos en acción; cada uno, inició su recorrido ofreciendo aquello que portaban entre los pasajeros. ¡Eran vendedores de flores! Pero no de cualquier tipo… Cada una era distinta a la otra, producto de la imaginación de su creador. Estaban trenzadas de fibras coloridas, con las más maravillosas formas. De aquel encuentro conservo una hermosa flor azul, que se convierte en un cálido recuerdo de esas andanzas por la calle de Corregidora.





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