martes, 30 de agosto de 2011

Un sábado por el centro. (Relato de un recorrido)


Temprano como a las 7.30 en Metro (por cierto muy poca gente) estamos  llegando a la estación de Bellas Artes y para sentir la ciudad en sus mejores prestaciones es mejor utilizar el transporte público, te hace sentir empática consciencia con la inteligencia urbana .   Subes  las escaleras de la estación, y tu primera percepción es el olor de los arboles de la alameda  y  tus ojos se llenan de un glamour especial,   el afrancesado y hermoso palacio de bellas artes te  coquetea,  acompañado  del sol de la mañana  que  apenas se abre entre los edificios... Todo el personal de limpieza del área esta empeñado en los últimos retoques de los espacios del centro histórico, esparciendo agua en los sedientos suelos de concreto,  y así refrescándose el piso del incesante sol de la ciudad de México.
El olor y la  húmeda sensación de ese tradicional sistema de limpieza matinal, te nutre de una sensación de frescura  colonial,  que solamente una mañana en el centro te puede regalar. Acompañados de ese placentero sentir, caminamos en la soledad de la mañana por  la calle de Madero;  en su ahora pasaje andariego,  con  la ausencia de los ruidosos y estresantes automoviles.

Nos dirigimos al café tacuba... sí,  ahí vamos a desayunar.





Paralelo dos calles a Madero  en la calle de Tacuba, esta el legendario café, dueño de una historia y tradición inigualable, ofrece la mejor muestra gastronómica de la cultura mexicana, desde su fundación en 1912, hasta nuestros días .

La preciosa casona del siglo XVII es un ventana al tiempo,  a ese México colonial desaparecido, que al entrar sientes regresar en el tiempo y como comensal, agradeces la preocupación por el más mínimo detalle.

Los rasgos arquitectónicos y decoracionales son exquisitos, empezando por la misma construcción. Los estucos aderezados de incrustaciones de azulejos y los muros, reciben en perfecta armonía artística los óleos coloniales de muy buena mano de el pintor Carlos González, que  con temas tradicionalmente gastronómicos adaptados en el salón interior, recrean los descubrimientos del mole y del chocolate. 

   También de su mano, el pintor  retrata al ilustre periodista Don Manuel Horta,  bajo hábito franciscano, en el Mural del Chocolate, que está en uno de los muros. 

Conchas blancas y de chocolate, roscas y panqué de manteca, churros con chocolate acompañados con  leche caliente con café y para el énfasis de ese concierto gastronómico matinal, unas enchiladas y chilaquiles o quizás,   los pambacitos hechos con el primor de los verdaderos guajolotes...todo servido impecablemente por las meseras con  blanquísimos atuendos.

 Delicioso  momento de agradables sensaciones visuales y para nuestro paladar.

Con la intención de probar todo, nos malpasamos un poco, pero como nuestro andar será largo y agradable recorriendo las históricas calles del centro, se pasará rápido. 



Regresamos a Madero y la magna exposición ¨Las  pinturas de los Reinos¨ en el palacio de Iturbide (ahora palacio de cultura banamex). La exposición revalora la pintura virreinal mexicana, exponiendo obras españolas, novohispanas, peruanas y europeas de gran calidad.   Se centra en la exploración de “lo propio” y “lo compartido”, como factores de identidad de la obra pictórica producida en los territorios que formaron parte de la Corona española, de fines del siglo XVI al siglo XVIII. En específico:  España, Portugal, Nápoles, Nueva España (incluyendo las Filipinas), Perú, Nueva Granada, Reino de la Plata, Brasil y las provincias de Flandes. Todos ellos unidos por el vínculo de una historia compartida. Todas estas culturas formaban parte del Reino de España y como un aparte de integración de las culturas, como método de comunicación e integración entre ellas, se utilizó la pintura de sus reinos súbditos. 

Exquisita y exhaustiva investigación  de la que somos afortunados  presenciar en el hermoso recinto de lo que fue, el  palacio otorgado a Iturbide como jefe del ejercito trigarante y emperador de México.

Ya nutridos en gran parte de cultura y arte virreinal, la gula de goce de este arte es obligada y justo a la derecha esta la iglesia y exconvento de San Francisco de Asís, y ahí la altura de la iglesia, impresiona, pero no tanto como las magnas pinturas de dimensiones descomunales que  le dan un aspecto en el que casi... rasguñas el cielo, realmente es hermosa. 

En  tiempos Mexicas fue la "Casa de las Fieras" del Señor de los mexicas, en la zona limítrofe con los barrios indígenas. En 1525 se edificó un templo de pequeñas proporciones; un atrio con cuatro capillas posas; una enorme cruz de madera (en la que se vio un milagro) y una capilla de siete naves denominada San José de los Naturales.


Con el sentir Mexica en nuestras venas, después de que nuestra vista  se convidó del histórico y mexicanisímo  tezontle en los muros del recinto de Iturbide y del ex convento, así como el saber que  los terrenos que estábamos pisando y lo que  algunos pisaron hace mas de quinientos años, ( mexicas y  aztecas) en su cotidiana vida, decidimos ir al templo mayor. Caminamos todo madero hasta llegar al zócalo, le rodeamos y llegamos a las ruinas del templo mayor y su museo. En nuestras mentes nos imaginamos los enormes edificios de ese entonces con multicoloridos estucos, con figuras prehispánicas, que en pequeños lunares aun sobreviven. Colores de la cochinilla y otros pigmentos naturales aún son testigos de su calidad. En ese entonces, eran utilizados por los aztecas.



 

Sin ser exhaustivos ni minuciosos, recorrimos con la despreocupación de un turista urbano, que se sabe     regresará en cualquier momento.  

El espacio arqueológico, la diversidad y oferta recerativa de arte y cultura, además de tanto caminar,  nos cobró  reclamo nuestro estomago, del que en un consciente y  subordinado convencimiento, buscamos darle gusto y --- para tal --- , nos quedaba muy cerca un histórico y tradicional lugar,  que se jacta de ser el restaurante más antiguo de la ciudad de México, a unos pasos de la plaza de santo Domingo, sobre Belisario Dominguez, está lo  que fue el convento de santo Domingo de Guzmán, que ahora es ¨la catedral del chile en Nogada¨: La Hosteria Santo Domingo. El recinto goza de una construcción intacta del siglo XVI, lo que fue algún día el convento. Al entrar te recibe la pueblerina y agradable decoración visual de papel picado colgando de los techos, en un multicolorido concierto de colores de identidad colonial que acompaña los muros, y sobre ellos,  oleos del siglo XV, XVI y XVII adornan el lugar; sobretodo me llamó la atencion el  mural pintado en 1956 por el maestro Antonio Albanés, el cual nos muestra la Plaza de Santo Domingo en los primeros años, la vida independiente de México, bueno... pues justo a un costado nos sentamos y de inmediato nos atendieron. La carta es simple, pero sabemos que cualquier cosa que pidamos es exquisita. El chile en nogada es obligado,  así que le pedimos, junto con las pechugas rancheras con nata, ¨favoritas del pintor Dr. Atl ¨, acompañamos de chicharron en salsa verde y setas al ajillo para no sentirnos ¨tan culpables¨ y para refrescarnos, una deliciosa agua de chia. 

La atención fue extraordinaria y me hubiera gustado sentarme con calma para que mi garganta recibiera un par de cálidos tequilas, pero se acercaba la hora del concierto en Bellas Artes y más valía apresurarnos.

Pues 1,2,3 y agilizamos el paso por la calle de tacuba , nuestros ojos se agraciaron de preciosa arquitectura;   calles limpias e históricos parajes; hasta que llegamos al resplandeciente palacio de bellas artes,  ! en verdad brilla como un palacio celestial ! .  Ya estando en el interior del mismo,  pagamos la modica cantidad de $ 20 pesos por persona, para un concierto hermoso.

La Mezzsoprano Ana Caridad y el delicado piano de Rodolfo Ritter acariciarían nuestros oidos...pero se nos hizo un poco temprano, por lo que nos daba espacio a sorber un digestivo en la cafeteria-bar del palacio...Un  brandy  y un café,  en ese agradable espacio Art-Deco, te hace sentir en los  años veintes de la ¨Belle Epoque¨... 


Con la alegría de vivir en nuestras manos,  accesamos a la sala Manuel M Ponce, con la debida sobriedad,  la sala transmitía un silencio intacto; entonces...  radiante,  aparece Ana Caridad de la mano de Rodolfo Ritter,  ambos vestidos en negro con informal elegancia. Rodolfo con fácil andar, confiado, tranquilo y con una sonrisa saluda al público y este se relaja... El piano de Ritter imprime decoro a la sala y la voz de Ana,  le acompaña dulcemente en Chanson grises¨de Reynaldo Hahn, el proceso de concentración del escucha es un poco lento y el rígido protocolo inconsciente le impide al público ovacionar la primera pieza, --temen  interrumpir--. Ana Caridad ilumina el escenario con sus labios encendidos de rojo y con franca sonrisa se dirige al público --Que seeerios, hasta me hacen pensar que hice algo maaal --; por favor no estén tan serios, que estamos muy contentos de estar con ustedes.
La sala se relaja,  se hace amable y entonces las palabras del prólogo descriptivo del concierto, en boca de Rodolfo Ritter son amigablemente percibidas por el público escucha. El concierto se desarrolla y los escuchas nos sentimos como en una nube celestial con la interpretación del dueto.

 Fue una delicia auditiva que nutrió nuestra alma.


El día se acaba y con una pausa, nuestros ojos se posan en el cielo que acompaña el palacio. Los cielos se llenan de violetas, amarillos encendidos y destellos de azules, que pareciesen polvo de azul lapislázuli sálpicado. Los hermosos ojos aquamarina de mi preciosa compañía se iluminaban de gusto al  haber disfrutado un día agradable y pleno.

El metro estaba a un paso, las escalinatas invitaban a accederle.  Un arco estilizado  con  herreria art noveau, simulando ramas vivas, exacto al de alguna estación de París, nos despedía de nuestro cuento urbano y en pocos minutos, llegamos a nuestro destino, con una sonrisa en nuestros rostros, complacidos de nuestra tarde de turistas,  en el precioso Centro Histórico.

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